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Diario de un viajero por Rodolfo Lueiro: destino Etiopía

10 de enero de 2013

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Hace ya más de treinta años que se acabó la guerra con Somalia y que la ciudad de Jijiga fue recuperada por las tropas etíopes con la ayuda de rusos y cubanos.  Entonces estaba Carter en la Casa Blanca y les dio un toque para que la cosa acabara sin afectarle a sus interés energéticos.  Así que  no hay porque tener miedo.  Es verdad que las calles están llenas de soldados armados y que donde nos hospedamos, una residencia de la ONU, parece Fort Apache.  Muros de casi tres metros coronados con un rulo sinfín de alambre de espino y, ante el portalón, una doble barrera que  antes de levantarla, un guarda de seguridad ha de quitarle el candado. Pero creo que ya no está en vigor lo de que después de las siete no se sale andando y después de las nueve ni en coche.  Ya todo pasó.  Jijiga sigue siendo una ciudad que mira a Somalia, pero Somalia bastante tiene con atender a lo suyo.  De aquello pueden quedar recelos o algo más, no tengo mucha idea, y algunas minas antipersonas sembradas por las montañas de Karamala, por donde pasamos esta mañana en el camino desde Dire Dawa.

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Lo de que Jijiga mira a Somalia es por naturaleza  y por razones comerciales.  La ascendencia somalí es notable y casi el 100%n de su población es musulmán.  Nunca había visto a tantos hombres llevando en la mano el tasbih, esa especie de rosario con el que llevan cuenta de lo que rezan los seguidores de Mahoma.  Y eso que hoy a penas tuve tiempo de pasear sus calles.  Lo hice por la tarde y tragué mas polvo que todos los personajes que John Wayne  interpretó en sus películas.  Además, Jijiga mantiene unas estrechas relaciones comerciales con el país vecino, lo que se hace evidente en la cantidad de productos de segunda mano procedentes de Somalia que están presentes en su extenso barrio comercial en el que existe una amplia oferta, también, de los productos tradicionales.

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Esta tarde me compré unas bolitas de masa que creí que eran como las que compro en Dire Dawa, que tienen en su interior unos granitos dulces.  No eran esas, pero se comían bien aunque te dejaran la boca un pelín engrasada.  Le dí un birr y me daba cuatro, ya me extrañó porque en Dire te dan solo dos.  Y como cuatro me parecían mucho le dije que solo dos y le dejaba igual el birr, grave error, falta de respeto, chulería de nuevo rico, pues el hombre me hizo señas para que esperara y me dio los cincuenta cts de birr.  Nunca aprendo, porque ya me pasó esto en Buenos Aires cuando fue lo de la Guerra de las Malvinas.  Yo estaba allí y Galtieri en el poder. Por aquel tiempo, por un dólar, en el mercado negro, me habían entregado tantos pesos que con ellos me había tomado un café en uno de la Avenida 9 de Julio, en la que nunca cierran los kioscos de prensa, había pagado un taxi en el que pretendimos llegar a la iglesia en la que se celebraba un funeral por los caídos en la Guerra contra los ingleses, pero al llegar unos milicos nos metieron los fusiles por la ventanilla del taxi hasta darnos con ellos en la cara y después de asustarnos le obligaron al taxista a que nos llevara lejos. Inconscientes que éramos.  Y  todavía después de ese viaje de ida y vuelta, me dio para comprar un paquete de Marlboro.  Y como me daban el cambio en metálico, para no liarme, le dije a la estanquera que se lo quedara.  Me insultó y con razón.  Pues  esta tarde en Jijiga volví a cometer el mismo error con el vendedor de bolitas de masa al rechazarle sus cincuenta cts. de birr, dos céntimos de euro.  Y sin embargo, ahí, en el súper me lo agradecen.

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La entrada en la ciudad por la carretera que viene de Harar confunde un poco.  La vía se abre en una amplia avenida de doble dirección que hace pensar, por un momento, que va a acabar en una gran ciudad.  Pero poco mas hay o poco más vi que una inmensa barriada de casuchas de planta baja en la que casi cada una tiene instalado un establecimiento comercial al estilo etíope.  En Jijiga viven casi doscientas mil personas.  El número exacto no hay quién lo dé.  La población de Etiopía crece tanto que nunca sabes cual es la última cifra.  En menos de 20 años pasó de 60 millones de habitantes a mas de 94, mas habitantes que Alemania y tan solo es el doble de grande que España. Por lo que respecta a Jijiga, del 94 al año diez creció un 50%, alcanzando la cifra de 107.000 habitantes.  Pero ya hay quien pone en duda ese cálculo y habla de 200.000 personas.  Es igual.  Como están todos en la calle todo el día, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que es una gran multitud la que vive en esta ciudad.  Ya veis lo que es tener internet a mano y funcionando.  Y gracias a la ONU.  A quien ahora le debo un favor personal.

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Salimos de Dire Dawa a las seis pasadas, después de haber sido los primeros clientes del día del Elga Bar.  Allí nos tomamos un bizcocho y un té o café, según los gustos.  Vinimos cuatro y el viaje no se nos hizo demasiado largo a pesar de que pasado Harar cuando ya estábamos al final del Valle de las Maravillas, se puso a llover y tuvimos que meter en la cabina las mochilas que llevábamos en la parte trasera y descubierta del todoterreno. Así que los de atrás vinimos apretaditos pero sin quejarnos.

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El viaje lo hicimos de un tirón salvo una parada de emergencia por la mala pasada de una cena.  Aquí las cosas son así.  Ahora estás bien y al rato tienes que irte detrás de unas ramas, ocultándote de los paisanos que siempre están ahí. Me imagino que comprensivos,  por que ellos en esto de instalaciones sanitarias mas bien no saben, mejor no pueden.   Como tampoco con la recogida de basuras como se puede ver en toda la ciudad.  Todo es cuestión de dinero.

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Cuando llegamos a Jijiga los cooperantes se fueron a lo suyo, que es un trabajo que a mi no me va en absoluto.  Están supervisando todo el día si lo que están pagando se está haciendo y cómo se está haciendo y si de verdad vale la pena.  Bueno por lo que yo vi mientras ellos estaban reunidos,   la cosa no debe ir mal del todo.  Pues un operario que había estado en Cuba y hablaba un español muy inteligible, incluso por mi,  me estuvo contando para que servía todo aquel recinto en el que habían plantado desde tomates hasta forraje para las vacas,  además de haber instalado un vivero forestal, para mostrarselo a los labradores de la zona como hacerlo y lo bien que crecían.   Ah y una típica casa somalí, una cabaña de paja de forma ovalada que por dentro se dividía en dos estancias, la de día y la de noche, para entendernos.  Y ahí me di cuenta de que la ascendencia somalí en esta parte de Etiopía era , por lo menos, algo importante, porque la cabaña somalí se parecía mucho a las que yo había fotografiado por el camino, pero que ahora se cubren además de con paja, con harapos.

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Y los cooperantes antes de comer todavía asistieron a unos talleres que, en un Instituto de Formación Profesional, versión etíope, le estaban dando unos funcionarios de la administración regional a unas mujeres que son las que acabarán disfrutando de las ayudas que controla su ONG.  Y allí aproveché para sacarle fotos hasta a los actores de una película que emitían en la televisión de la cafetería del instituto.  Para ver.

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Comimos bien.  Una ensalada de atún, una enyera con una salsa espesa que no picaba y una buena ración de tibs, trocitos de cordero, como medio dedo, que venían en un recipiente con fuego de carbón debajo, para mantenerlos en su punto.  De postre nada, que nunca tienen.  Y de bebida agua en abundancia.  Total, los cuatro 175 birr, unos siete euros al cambio de ayer que andaba en los 23,57 el euro.

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Al acabar  ellos se fueron al trabajo y yo me vine al fuerte y cuando vi que me iba a quedar en él encerrado hasta el día siguiente, dejé lo que estaba haciendo, navegar por internet y hablar con casa, y me eché a la calle.  Una extensa calle de tierra en la que los camiones y los bajajs venían de cuatro en cuatro y nadie podía evitar el perderse en la polvareda que levantaban.  No llevé la cámara así que tenéis que creerme a ciegas.  Y me arrepentí porque vi un autobús decorado como los que decoran en América Central, que los engalanan como si fueran a una fiesta, y a un todoterreno, que solo en la baca, iban, por lo menos, treinta hombres encaramados.  Y va a tener razón el cooperante, pensé, en el mundo de los pobres todo es muy parecido.  Posiblemente como en el de los ricos. Y también vi como lavaban cuatro bajajs en el agua marrón de una charca en la que no cabrían los cuatro motocarros aparcados.

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En el paseo caminé toda la calle hasta que al otro lado del pueblo empezaban a escasear las casas tanto como por nuestro lado,  llegué al final, me dije.  Y me di la vuelta.  Había atravesado el barrio comercial, lo que aquí llaman el mercado, y para no hacer el mismo recorrido de vuelta, busqué una paralela y vine viendo cosas nuevas que eran, por supuesto, muy parecidas a las de la otra calle.  En este paseo, a la ida, fue cuando compré las bolas de masa, dos por 50 cts de birr y cuando unos niños se acercaron saludándome en inglés pero al verme los pelos de los brazos, uno de ellos, no resistiendo la tentación, se puso a acariciármelos.  Estaban asombrados y decían algo en amaharico y hasta una señora vino a vérmelos.  Entonces cuando mas expectación había, me saqué la gorra y les mostré mi calva.  Se rieron tanto que tuve que marcharme por miedo a que me retuvieran allí para siempre.

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Mañana será otro día en Jijiga que pese a que me pareció una inmensa barriada de chabolas, tiene aeropuerto y universidad.

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