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Diario de un viajero por Rodolfo Lueiro:destino Etiopía

Día 25 de diciembre 2012

Kafira es el mercado de los tomates y las especias, pero en el que casi se puede encontrar de todo.  Para ir tuvimos que cruzar la ciudad y atravesar el río.  El rio es un cauce seco con un hilo de un agua sucia en el que de vez en cuando alguna persona se lava.  Es como un arenal salpicado de trocitos de bolsas de plástico, de rebaños de cabras y de reducidos campamentos de cuatro a diez personas.DSC_0752DSC_0833

DSC_0742Kafira  tiene un frente amurallado con dos puertas. Entramos pero al final no llegamos porque los puestos, a cada paso, se iban haciendo más vivienda que puesto comercial.  Y el deterioro era tanto y los pasos tan estrechos que decidimos no averiguar donde terminaba aquello.  Creo que podríamos decir que es como una plaza de abastos de las nuestras pero en las instalaciones y nivel de salubridad de aquí.  Ya lo veréis. Si ahí tenemos en un lado el pescado y en otro la carne y las verduras y las frutas están en otra parte, aquí también hay divisiones pero solo son para los productos del campo.  Es sorprendente la cantidad de puestos que hay vendiendo exclusivamente tomates.  Puede haber cincuenta o sesenta puestos . Y lo mismo pasa con las especias.  Hice muchas fotos pero casi todas robadas.  El ambiente nos pareció un poco duro.   Yo no me atreví ni a sonreírle a nadie, ni siquiera a mirarles Me dio la misma sensación que entrar en un penal. Creo que tengo que dejar de ver las series de HBO.  Visteis OZ? Kayumi que es menos peliculera iba como si nada. Cuando ya estábamos de vuelta le pregunté si no le parecía muy duro el ambiente y me dijo que sí.  Pero no había tenido ningún temor en ningún momento.  Claro que yo no iba haciendo fotos, me dijo.  Me estaría riñendo?   El  mercado fue el remate,   pues desde que salimos de Coner , en el centro, a un kilómetro y medio del mercado, el ambiente se iba deteriorando a cada paso que dábamos.  Pero en ningún momento nos sentimos tan incómodos como en Kafira.  Llegamos a estar en una especie de cocina económica o de comedor gratuito; pero el ambiente no era tan malo como el del mercado, aunque si mas desolador.  Con las caras muy tristes varias mujeres intentaron explicarnos de que iba aquello.  Ocupando la totalidad del ancho de la calle, en una carpa de lona como las del pulpo que van por las ferias, muchas  mujeres y hombres  ocupaban el fondo de la carpa, sentados a unas mesas en unos bancos corridos.  Unas mujeres les iban sirviendo con un cazo una especie de potaje que sacaban de unas soperas normales.  Había tres o cuatro mujeres sirviendo y hacían constantes viajes al interior de una casa a donde fuimos a meter las narices.  Fue allí cuando nos dieron unas explicaciones que no comprendimos, por lo que yo entendí, por las señas que me hacían,  todas aquellas personas eran padres que habían perdido a un hijo.  Pero no creo que fuera eso. Es posible que los datos que habia leido sobre mortalidad infantil me llevaran a esa conclusi’on.  Mientras en Espana y Alemania  hay cuatro muertes por cada mil ninos menores de cinco anos, en Etiopia ese indice sube al 104 por mil. Pero era todo muy triste.  No hicimos ninguna foto y ahora me arrepiento.  Debo ser peor de lo que pensaba.  No sé lo que entendió Kayumi, seguramente nada, porque cuando nos apartamos de allí, solo me dijo que el potaje tenía buena pinta.

DSC_0761En las puertas de Kafira compramos pan.  Llegamos a la conclusión de que nos estafaron.  Nos cobraron el doble de lo que solemos pagar por cada bollito.  Pagamos 2 Bir por pieza.  Entonces le pedí que me dejara retratarla y me dejó.  Pero me puso cara de foto.

DSC_0902DSC_0908DSC_0905Por la calle en que estaba apostada la panadera se veía al fondo el malecón del río y decidimos volver pase’andalo aunque diéramos mucha mas vuelta.  Era un barrio de menesterosos, que suena a gente pobre pero buena.  Había las tiendas de barrio, en la habitación que da a la calle, incluso un video club en una caseta de hojalata, un bar en otra de Coca-Cola en donde no se vendían bebidas,  dos o tres mesas de pimpón sueltas por las calles y dos o tres futbolines.  En uno estaba litografiado en el terreno de juego un jugador con la camiseta del Barsa.  Yo les dije, español, español, Barsa, Barsa y todos dejaron de jugar y se abrieron para que hiciera la foto, a la vez que se jaleban Barsa, Barsa.  Entonces les dije que guardaran silencio  y empecé a gritar Madrid,Madrid, Madrid.  Y la peña se dividió en dos  y nos despidieron muertos de risa.

DSC_0924DSC_0928DSC_0931Un hombre gritó a mis espaldas cuando yo estaba haciendo una foto a una casa.  Me acojonó.  Bien se ve que yo no soy muy valiente.  Bueno, si valor es superar el miedo, yo soy un tío bragado.  Porque muertito de miedo ando siempre.  Así que me di la vuelta y vi a siete tíos en lo alto de un muelle de carga de un almacén.  Uno estaba sentado en las escaleras laterales, cuatro apoyados en la pared, y dos se estaban volviendo para mirarnos.  Lo mejor es un buen ataque, pensé.  Me fui directo a ellos  enseñándoles en el respaldo de la cámara las fotos que acababa de hacer, las de la tonta de la panadera y dos mas recientitas de la casa de enfrente.  Funcionó, uno vestido de amarillo me pidió que le hiciera una y le dije que si, pero que dentro de la nave.  Impresionante.  Era un molino.  Digo un molino para entendernos.  Todo estaba lleno de un fino polvillo casi blanco y había tres o cutro molinos eléctricos al fondo que estaban siendo manejados por dos hombres.  Pero antes, había tres mujeres sentadas en el suelo peneirando algo, no se qué. Y más para aquí, justo delante de la entrada, estaba la oficina, una mesa con dos hombres, parapetada detrás de sacos con diversas mercancías.  En uno había arroz, que compró Kayumi.  Yo me dediqué a hacer fotos como si fuera ese mi negocio.  Las hice todas y a todos, a pesar de que dos dijeron que no querían ser retratados. El otro día me dijo el cooperante, que siempre está protestando porque voy haciendo fotos a todas partes, no puedes hacer eso, que algunos pueden pensar que les estás robando el alma.  Eso es.  En el molino me comporté como un arranca almas, al menos con dos.  También debo ser  un desalmado.  Cada vez cotizo mas a la baja.  Preocupante.

DSC_0867DSC_0870Seguimos el regreso, pasamos por un centro donde se atendía a enfermos de sida y por calles con árboles a los que solo le quedaban las ramas altas.  A su sombra se jugaban partidas de futbolín, y de pimpón, los niños andaban sueltos y los abuelos daban gritos.  Uno gritaba tanto que nos llamó la atención.  Coño! Quería que le hiciera una foto con su nieta.  Le hice cinco o seis.  Después siempre se la enseño en la pantalla de la cámara y quedan felices.  Igual creen que están participando en un casting que les va a sacar de la pobreza.  Pero les encanta verse retratados.  A todos no, ya se.

Un poco antes de alcanzar el puente una mujer desde su puesto, sentada en el suelo, nos ofreció chat.  Miré a Kayumi y dijo que no.  La vieja insistía.  Volví a mirar a Kayumi, estos japoneses son muy severos, y me dijo, yo no.  Pues yo tampoco, le dije a la vieja, haciendo gestos como que aquella chica no me dejaba. Es la costumbre.

Justo antes de entrar en el puente, en los metros finales de la calle antes de que se estreche para cruzar el rio, al venir hacia el mercado,  me encontré con lo más parecido a un kiosco que vi desde que salí de Madrid.  Diez periódicos distintos se vendían, expuestos por separado tirados en el suelo.  Quise hacerle una foto pero el kiosquero me lo empidio enfadado.  Debió de pensar que después me los leería en casa.  Y  gratis.  Asi que ahora que estaba de regreso iba a intentar la foto. La hice.  Y como no me vió ya desde el puente, con el zoom, le hice otra.

DSC_0743Volvimos a Corner.  Al pasar por el hotel Continental, o lo que queda de él, le hice unas fotos  y me imagine a un Verlaine ya alcoholizado y decrépito viendose con Rimbaud por última vez.  Rimbaud viene desde Harar y Verlaine desde El Cairo.  Pero el ya traficante de armas no tiene ningún respeto por su primer amante ni por su mundo y lo humilla hasta la desesperación.   Por la mañana se vuelve a Harar pero deja dinero para que lleven a París a aquella piltrafa moribunda.

DSC_0958DSC_0961Entre Corner y la plaza de la estación está el bar preferido de Kayumi y el cooperante, Elsa Café, y allí nos quedamos hasta que cerraron que fue cuando apareció Javier para irnos a comer a casa.  Yo le cuento la historia del Continental al camarero y él la aguanta fingiendo atención.  Se la cuento en castellano, pero con mucho entusiasmo.  Antes del final, mi compañera de aventuras, que no está por mi desahogo, me interrumpe para pedirse una Pepsi.  Yo pido una mezcla de cuatro zumos naturales.  No sabía cual elegir y el camarero, antes de seguir escuchándome, me ofreció la posibilidad de tomármelos todos.  Acepté.  Se hace a menudo.  Pero tampoco me gustaron.  Lo que si me pareció muy rico fue un puñado de maíz que le compramos a una anciana que estaba apoyada en la alambrada del Paraíso, pero en la parte de fuera.  Como le corresponde.  El Paraíso es para los ricos, es un vergel en medio del asfalto de Corner  en el que hay una cafetería y bancos esparcidos por el jardin.

DSC_0899Comimos en casa.  Ensalada con bonito y tomate y unas lentejas con patatas y dos trozos de carne correosa que no fuimos capaces de comer ayer.  Además llevaban el arroz que hoy compramos en el molino.  Esta Kayumi es una maga. Jo! Y ahora que lo pienso nos olvidamos de comernos los polvorones de Felipe II que sobraron de anoche.  Aquí nadie piensa que es hoy es Navidad.DSC_0773DSC_0875DSC_0847DSC_0842

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