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El Submarino, un camarote de la rúa do Franco de Santiago

Pocas calles con más historiria que la rúa do Franco de Compostela, y pocos locales que aún puedan contar las escenas del pasado que ya se escurrieron en muchos establecimientos, antiguas tabernas reconvertidas en tiendas de souvenirs baratos.

El Subamrino es uno de esos locales de resistencia, en los que además de disfrutar de la comida, uno puede enterarse de lo que era el “París-Dakar” de cuántas amistades se habrán hecho y cuantos trajes se habrán arruinado bajando todos los bares de la calle apurando las tazas en cada uno de ellos. Era una tarea titánica en la que empeñaba el estudiantado compostelano hasta los años noventa y que consistía en tomar una taza de vino desde el bar París (rúa Bautizados) hasta el bar Dakar, al final de O´Franco. En total, podría haber medio centenar de bares.

O Subamarino mantiene la cocina tradicional gallega, en la que destacan las carnes y los mariscos. Una buena manera de conocer su cocina es comenzando con unas raciones de pulpo y lacón, para seguir con la deliciosa carne “a la piedra” la especialidad del local.

Datos de interés
Dirección: rúa do Franco, 49.
Teléfono: 981 584 428
Cierre: noches del martes y el domingo.
Precio: 30 euros.
Capacidad: 22 personas.
Acepta tarjetas.
Aparcamiento próximo.

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1 comentario

  1. Alejandro Ramirez

    El pasado día 12.10.2013 y justo después de 15 años mi esposa y yo volvimos a Santiago de Compostela, para revivir nuestro viaje de novios, ahora junto a nuestra hija de 12 años.
    Aquí, en El Submaríno, comimos algunos días por aquel entonces y guardábamos un grato recuerdo de este restaurante, así que nada más llegar desde Sevilla en coche y tras 900 kilómetros casi sin parar, decidimos pasar directamente por el Submarino a comer, algo que, como tristemente pudimos comprobar, parece que su personal no estaba dispuesto a permitir.
    Movidos por el vinculo sentimental del lugar, las fechas y los motivos, entramos dispuestos a disfrutar ahora de los placeres gastronómicos que siendo una pareja de veinteañeros recién casados allá por 1998 apenas nos pudimos permitir y que afortunadamente ahora si entran en nuestro presupuesto familiar.
    El local ha mejorado su presencia desde entonces, pero la singular distribución interior, bajando unos escalones, largo y estrecho, así como la disposición de las mesas, me trajo inmediatamente los recuerdos de la atención del personal, del servicio y la comida que disfrutamos. Nos sentamos ilusionadísimos mi esposa y yo, describiéndole a nuestra hija todo cuanto recordábamos, eran las 15:00 y en el establecimiento solamente había un matrimonio que ya estaban acabando el postre y el café, y una reunión de 6 señores que evidenciaban ser asiduos, que habían entrado justo delante nuestra, y que inmediatamente acapararon toda la atención del servicio de comedor.
    Trascurrido un cuarto de hora sin la más mínima muestra de atención ni de interés en nuestra presencia, entendimos que no era deseo del propietario del establecimiento contar con nosotros como clientes de su exclusivo establecimiento, motivo por el cual decidimos abandonar el local sin que se nos hubiera dado la oportunidad siquiera de pedir bebida.
    Supongo que ubicación, magnifica por cierto en plena calle Franco de Santiago (la más céntrica y turística), le permitirá al propietario poder elegir y despreciar a la clientela a voluntad.
    El servicio y la atención que nos han prestado (o mejor dicho que no nos han prestado) ha sido cuando menos desafortunada.
    Entiendo que todos podemos tener un mal día, pero no es de recibo demostrarlo ignorando a unos clientes, y mostrar sonrisas y cordialidad a los que están sentados en la mesa de al lado.
    Una maravillosa forma de arruinar un buen recuerdo. Si vuelvo a pasar será para recordarles como vine expresamente desde Sevilla a comer ahí y me tuve que volver sintiendome ignorado como un perro.

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