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San Xulián de Arnois se encomienda a santa Paterna, patrona de las causas muy difíciles, el 25 de octubre

Si es usted de los que creen en la intercesión de los santos y se encuentra padeciendo las consecuencias de un romeriaproblema de muy difícil solución, tiene ahora la ocasión anual de acudir a la romería de Santa Paterna en la Feligresía de San Julián de Arnois, en el municipio pontevedrés de A Estrada.  Los feligreses de esta parroquia tienen a la santa como abogada de las causas muy difíciles.  Si usted no es de los que buscan en los santos que le consigan un bien o le libren de un mal o, incluso, es de los que no creen en ningún tipo de intercesión, pero  gustan de acudir a las romerías populares, no lo dude, apúntese; acuda a hacer fiesta y diversión del día  de la antigua condesa de Présaras.

Como cada año,  la romería en honor de esta santa medieval se celebra el domingo siguiente al 19 de octubre, que este año resulta ser el día 25.  Entre las 10 y las 13.00 horas serán la misa y la procesión.

No son muchas las romerías que se celebran durante el otoño.  Sin duda la más famosa es As Sanlucas, en Mondoñedo,  que está considerada la última del año entre las más importantes y populares.  Pero entre esas pocas que se celebran en el otoño también está la de Santa Paterna,  a quién veneran los feligreses de esta parroquia  a orillas del río Ulla y a la que se le ruega, también, para que interceda en una buena muerte.

Santa Paterna fue condesa en el siglo X, condesa de Présaras, y aparece en la historia  junto a su marido, Don Hermenegildo, y su hijo Sisnando,  que llegó a ser obispo de Iria, fundando el Monasterio de Sobrado dos Monxes  y anexionando a éste el viejo cenobio de Santa María de Mezonzo.

Don Hermenegildo acabó sus días vistiendo la cogulla monástica y doña Paterna, que ingresó también en el monasterio de Sobrado, acabaría venerada como santa en la feligresía de San Xulián de Arnois

El siglo X en el que vivieron los condes de Présaras era un siglo de miedos. De miedo a todo, a las enfermedades; a las malas cosechas que agrandaban el hambre; a las invasiones de los normandos por el norte y a las de los moros por el sur. Y a Dios.  Había un verdadero temor de Dios lo que hacía que se multiplicasen los cilicios, los sayales y la ceniza y los monasterios se presentasen como refugio y lugar  de salvación.

Fue en aquel ambiente cuando los condes de Présaras fundaron el monasterio de Sobrado de los Monjes y acogieron como  “capellán” de su palacio al joven Pedro, hijo de Martín y Mustacia, que ya servían en la casa.

Fue el capellán quien, pasado el tiempo y después de servir como criado a sus amos y como abad  a los monjes benedictinos de Mezonzo, Sobrado y Antealtares, sirvió a la diócesis compostelana como obispo.
Ya en sus primeros años, el Cronicón Iriense lo define como “Monasterii Mosonti sapientem monachum” ( el monje sabio del monasterio de Mezonzo).  Pasado el tiempo le conoceríamos como Pedro de Mezonzo, el autor de la Salve.
Él fue quien decidió evacuar la ciudad y llevarse los tesoros de la catedral a los montes para ponerlos a recaudo del moro, previendo lo que Almanzor haría si lograba alcanzar Compostela.  Y acertó,  pues en agosto de 997 arrasó la ciudad que encontró desierta y la catedral, de la que sólo dejó intacto el sepulcro del Apóstol, y de donde se llevó las campanas a Córdoba sobre los portalones de la ciudad.

San Pedro de Mezonzo hoy es venerado en toda Galicia y forma parte de la Galicia mítica de las leyendas.  Precisamente la del monje solitario la relata así López Ferreiro en su Historia de la S. A. M. Iglesia de Santiago: “Los muslimes seguían avanzando, y el 10 ú 11 de agosto (del año de 997) dieron vista a los muros de Compostela. Se acercan cautelosos, pero advierten con sorpresa que las torres y las almenas se hallan desiertas, y que no ofrecen la menor señal de resistencia.  Penetran en la ciudad y notan la misma quietud, la misma soledad, el mismo silencio. Se dirigen al templo del Apóstol, y lo ven también abierto y abandonado. Unicamente al pie de la tumba de Santiago hallan postrado a un anciano monje en actitud de orar.
— ¿Qué haces aquí? —le interroga Almanzor.
—Estoy orando ante el sepulcro de Santiago —contestó el monje.
—Reza cuanto quieras —replicó Almanzor—.
Y prohibió que nadie le molestase; y aún se añade que puso guardias cerca del sepulcro para impedir cualquier desmán y atropello”.

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